Arrullo de Salem

Por Yunnuen González
©2020

Salem, Massachusetts
Otoño de 1692

Una multitud nos sigue en silencio, vistiendo sus ropas de lana negra, adecuada para el clima frío de esta noche nublada, y para reflejar la oscuridad de sus almas. Algunas sombras creadas por antorchas danzan al ritmo de los pasos y oraciones que rezan por nuestras almas. Más que tétricas, las encuentro amigables e ignorantes de que custodian la mentira y el odio.
Caminamos con paso lento y arrastrado, con guardias cuidando que no escapemos. Pero esos días de hacerlo ya han pasado y estamos cansadas de seguir luchando. Tenemos hambre, frío, y estamos tan sucios con el lodo e inmundicia de nuestra prisión. Un incipiente establo que se ha alimentado por meses de suplicas a un dios que se olvidó de nosotros.
Nuestra fe fue cuestionada con la peor de las pruebas: sobrevivir a la mentira.
Solo queremos que esto termine. Quizás la muerte es la única que nos otorgará la compasión de la que fuimos despojados por falsas mentiras.
En lugar de orar por mi alma, canto la vieja canción de cuna de mi madre. Agradezco al señor que ella no esté presente para ver la monstruosidad cometida contra quien ella amó incondicionalmente.
Callé cuando mi corazón empezó a temer con cada paso que nos lleva a la colina en donde otras culpables de adorar al diablo han perdido la vida.
«Señor, salva mi alma. Señor, protegeme de la maldad de esta gente. Suplico tu protección», recé a Dios.
Divisamos las antorchas que custodiaban el árbol que han hecho nuestro verdugo. Es un mal momento, pero me pregunto si él lamenta cada muerte que ha colgado en sus ramas por días. Tal vez, al igual que nosotros, es una víctima cuyos gritos silenciosos jamás serán escuchados.
Ojalá tuviera vida para rehusar a la violación del mandamiento de nuestro Señor, que tanto se ha enunciado y usado en vano en el juicio.
Algunas de mis acompañantes se resistieron cuando vieron el lugar. Lloraron y suplicaron por un poco de compasión. Pero la maldad ha cerrado oídos y solo la muerte escucha.
Mientras tanto, me escondí en el único sonido que me daba tranquilidad: la canción de cuna.
«Dulce arrullo llevame a un mejor lugar. Dulce viento susurra mi nombre al árbol fuera de mi ventana. Dulce noche oculta mi alma. Dulce sueño hazme vivir.»
Nos alinearon frente a cuerdas que ahora apestan a muerte. Mis compañeras de muerte ahora lloran, ya no suplican a almas oscuras que tarde o temprano recibirán su propio juicio inclemente. Sé que cada lágrima que corre por sus mejillas impuras es una plegaria que fue rechazada.
Respiré hondo y retomé mi canto. Pero ahora no era un susurro que se perdía en el silencio, sino que despertaba y helaba la sangre de cada testigo que nos miraba.
El eco me acompañaba.
—Huelo a dulce de calabaza, preparado por mi madre —dijo alegre una de mis acompañantes mientras yo seguía cantando.
—Veo la mejor cena que he tenido —dijo otra mujer—. A lado de mi familia. Rodeada de amor.
—¡No las escuchen! —gritó un hombre—. ¡Están embrujándonos! ¡Abigail está invocando a su aquelarre!
Las lágrimas de mis compañeras se transformaron en susurros incomprensibles que seguían la tonada de mi canción, la cual se elevaba con ayuda del viento, hasta el árbol que se unió a cantar con nosotras.
—¡Es un aquelarre! ¡Mátenlas! —gritó una de nuestras acusantes.
Una a una nos pusieron la soga en el cuello, apretándola todo lo que se podía sin matarnos aun para callar nuestro canto. Pero este había alcanzado un poder que ahora no podía ser callado, ni un dentro del silencio.
Los troncos que sostenían nuestros cuerpos rendidos fueron pateados para callar nuestra canción de paz.
Segundo a segundo, escuché el corte gutural de la canción. Yo era la última, quien terminaría la estrofa con mi último aliento.
Caí al abismo.
La soga cortó mi vida en un segundo. El odio fue lo que aun veían las ventanas de mi alma.
Esperé que de un segundo a otro bajaran nuestros ángeles para llevarnos ante nuestro señor. Por fin, encontraríamos paz e indulgencia a pecados que no cometimos.
Pero la muerte no llegó, y solo el cantar del árbol se hizo más fuerte.
—¡Sus ojos! —gritó un hombre. Sentí el terror de sus palabras cortando la soga que no me daba muerte.
Un crujido, cual rayo castigador, nos liberó. Los cuerpos de mis compañeras cayeron sin vida a sus pies, mientras que yo caí de pie, irguiéndome con un brío que ya no reconocía.
—¡Es una bruja! —gritaron disonantes.
El árbol siseó palabras ininteligibles para los insensatos.
«Muestrales tu ser. Tu verdadera alma», susurró dentro de mi cabeza.
Levanté la mano hacia el fuego de las antorchas, que quedaron estáticas ante mi mando. Después el susurro del árbol se convirtió en un arrullo que simulaba una risa.
—¡Ardan! —les ordené con la seña de mi mano hacia donde tenían que purificar.
Los gritos de terror fueron callados por el viento y el canto del árbol, que aumentó estridente su voz.
Algunos testigos lograron escapar del remolino de viento que encarcelo a los demás. Pero desde esa noche, y por siempre, serán portavoces de una súplica escuchada. Helará la sangre de aquellos que escuchen el arrullo de Salem cantado por los árboles en una fría noche de la caída de las hojas. Mientras que aquellos que no escaparon, ardieron en las llamas de la purificación.
Solo las almas que eran puras aguardaron ahí sin temor, siendo testigos al fin de la justicia.
—¡No más! —grité hacia los testigos insensatos que habían huido, pero cuya incredulidad morbosa los regresó. Porque, después de todo, está en la naturaleza del hombre devorar la tragedia ajena.
El árbol cesó su canto para decir también «¡No más!».
Caminé hacia los testigos de alma pura, quienes abrieron un paso que me alejaba de ese pueblo infestado de falsos creyentes.
Canté el arrullo, que finalmente se mezcló con el viento.
He sido protegida por nuestro Señor y me ha dado inmortalidad y poder para regresar a este pueblo. Y cada vez que se escuche el arrullo entre el viento, una sencilla canción de cuna, es porque vendré a hacer justicia por Él.
No más.

Relato Halloween 2020
Reto BooksFD
Tema: Daydreaming de Radiohead