El Recolector Parte II

(6) Avance de El Recolector Parte II

Estoy a tan cerca de terminar de escribir el borrador, que no entiendo por qué en estos días me ha surgido una ferviente terquedad de no terminarlo. ¡Totalmente ilógico! Apenas escribo una cuartilla y surge ese deseo de leer todo para buscar posibles errores que seguramente me detendrán para reescribir esa parte.

Creo que esto se debe a que estoy tan encariñada con los personajes -sobre todo con Eliot (¡Ahhh!)- que me es difícil dejarlos para dar vida a otros personajes. Es casi como si en cada linea que escribo me gritaran a todo pulmón que no los abandone. Se que es necesario seguir adelante, y la única forma de hacerlo es buscar esa decisión que se me elude para escribir el final.

Lo ilógico de esta tonta renuencia, es que en estos días he hecho un poco de trampa y empecé a escribir el Epilogo; es decir, el “¿qué paso después de que vivieron felices para siempre?”

No sé realmente si esta parte vendrá en la versión final del libro o no, todo dependerá de la opinión de mis Beta Readers.

¡En fin! Ya no sigo dando excusas de mi lentitud y les dejo una pequeño extracto del libro. Y ahora si espero darles la noticia de que ya terminé el borrador para el siguiente post. 🙂

El siguiente extracto proviene del borrador, aun no esta editado.

(…)

—¡Por aquí, Callie! —me gritó Angélica cuando creí perderle entre los escombros de lo que alguna vez fue una hermosa ciudad.

Para cuando llegué, estaba luchando arduamente con un soldado Argentino que, inexplicablemente, no caía muerto ante el toque de Angélica. Supuse que ella quería divertirse un poco con él antes de darle muerte, pero dado donde nos encontrábamos  no era momento de diversión.

Miré el reloj, quedaban menos de cinco segundos. La desesperación me invadió, mientras veía como el soldado pudo deshacerse de Angélica.

¡Vamos! ¡Vamos!

Volví a mirar mi reloj y ya habían pasado dos segundos de la hora de su muerte.

—¡Demonios, Angélica! ¡Deja de jugar! —la amonesté en un furioso grito. Ahora yo tendría que finiquitar a ese hombre.

Me abalancé sobre él como leona sobre su presa, pero me esquivó con tal rapidez mientras que se burlaba de nuestros intentos por recolectarlo.

Este era un humano astuto.

Tomé mi arma y le disparé para terminar con él más rápido. Pero tras que la bala se abrió paso por su hombro —dejándonos escuchar como fracturaba el hueso, al tiempo que que lo hacia caer sobre escombros puntiagudos—, se levantó con una pedantería por mi intento de matarlo.

Gruñí con ira en lo que arrojaba mi inútil arma al suelo. Tomé impulso y volví a arremeter contra él.

Después de muchos intentos, que parecía leer a la perfección, logré tocar su pecho pero… ¡no murió!

(…)